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Terra
La Coctelera

Mudos...

¿Qué hacían los mudos antes de tener los móviles con video? ¿Cómo hablaban por teléfono antes de tener los SMS? Una vez vi a una mujer hablar por teléfono con las manos. Tenía el móvil sostenido en la mano izquierda y hablaba con la otra mano. Ahora quiero aprender la lengua de los signos. Pero también una vez vi un helicóptero pasar por la plaza mayor y ahora quiero aprender a pilotar uno de ellos. Cada vez que veo una moto quiero montar una, y cuando escucho un piano quiero aprender a tocarlo.

Esta puta insaciable curiosidad que tengo…

La Fábula de la Cierva y el Oso

Érase una vez en un bosque. La cierva más hermosa y más lista estaba corriendo, sólo por el placer de correr. Al mismo tiempo el oso más grande y feroz estaba dormido en su cueva. Hacía calor y había una brisa templada pasando a través de los árboles. La cierva corría y corría y corría, hasta que, de repente, llegó al fin del bosque.
‘Qué raro,’ pensó. Porque fue la primera vez que había salido de los árboles. Vio mucho de nada; vio campo, campo, y nada más que campo hacia el horizonte.
‘Joder, allí podría correr hasta el fin del mundo y más allá, sin parar. Parece que no hay nada ni nadie,’ pensó. Salió del bosque y corrió por allí y por aquí, disfrutando del espacio despejado y soleado.
Mientras ella corría el oso más grande y feroz se había levantado y la estaba viendo desde detrás de un árbol. ‘Mira que bella es. Qué hambre tengo. La cazaría y la comería si no corriera tan rápido,’ pensó. ‘Todavía tengo muchísimo sueño y no tengo prisa,’ pensó mientras bostezó.
‘¡Ay! qué feliz estoy,’ pensó la cierva. Pero como estaba tan feliz no miraba por delante, y no veía el cepo. El oso lo vio todo: vio el cepo, vio a la cierva correr sin mirar, vio al cazador escondido al otro lado del claro, vio la cierva pisar por el cepo, y vio el cepo pillarla. El cazador salió del bosque con una cara de éxtasis.
“Sí, sí, sí,” gritó. “La he pillado. La he cazado. Es mía.” Rodeó la cierva riéndose y saltando. Se agachó para ver su presa más de cerca, y en ese momento justo el oso (que se había acercado al cazador) le dio una puñada y separó la cabeza del cuello. El cuerpo del cazador se cayó al suelo como si fuera un saco de carne. El oso miró a la cierva, y la cierva miró al oso.
“Te saco de aquí,” le dijo el oso. Cogió los dos lados del cepo y los tiró. La cierva sacó la pata de la trampa; estaba mal quebrada y sangraba profusamente. La cierva miró al cielo con lágrimas en los ojos.
“No llores hermosa cierva, te llevo a mi cueva donde tengo vendajes y pomadas.”
Gracias,” dijo ella en la lengua de los ciervos (ciervés), con los ojos medio cerrados y una voz frágil.
La llevó a su cueva y trató de curarla con los pocos medicamentos que tenía. Se quedó al lado de la cierva durante toda la noche: estaba muy enferma. Algunas veces temblaba de frío, y otras sudaba de calor. El oso no sabía qué hacer: vivía solo y antes de esta noche no tuvo mucho contacto con otros animales. Recordando lo que hacía su madre cuando él era pequeño, se puso al lado de la cierva en su cama y empezó a cantar. No sé si alguna vez has escuchado a un oso cantar, si no, recomiendo que busques uno que sepa cantar porque es una maravilla. Es cierto que cuando gruñen los osos dan mucho miedo, pero cuando utilizan esta voz poderosa para cantar, salen unos sonidos verdaderamente dulces. El oso cantaba canciones más antiguas que las montañas, y la cierva se quedaba dormida, y después de poco el oso también durmió.

Pasaron dos horas y el oso se despertó. Vio la piel ámbar de la cierva y los músculos bajo la piel. Desde muy profundo habían vuelto sus instintos de comerla. La imaginó pelada corriendo por el bosque, dándole trozos de su carne como si estuvieran jugando; o imaginó ambos allí en la cama misma, ella rozándole las orejas mientras él comió una pata suya; o imaginó los dos sentados en una mesa, ella sangrando por muchas rascas y él bebiendo una pinta de la sangre y sonriendo. La rozó suavemente hasta que se despertó.
¿Dónde estoy?” Le preguntó en ciervés.
“No hablo tu idioma. ¿Me entiendes?” Dijo el oso. La cierva le contestó, chapurreando osaco (la lengua de los osos):
“Muy gracias-por-salvándome.”
“De-nada,” dijo él. “¿Tienes hambre, frío, calor, sed?”
“Yo-quiero-co-comida,” dijo ella: tenía los ojos medio cerrados, y era más bella que nunca.
“Sí, sí, ahora mismo voy,” dijo él. Recogió su zurrón y salió de la cueva. “Hasta luego,” le dijo en ciervés: era la única frase que conocía. Entró en el bosque enojado, con la mente dando vueltas. Sentía como si tuviera una bestia dentro del estómago, y no la podía controlar. Sus manos temblaban y tenía ganas de matar algo. De pronto un conejo pasó por delante de él y flipó. Emitió un gruño y persiguió al conejo inocente. Lo cogió y sacó la cabeza del cuerpo como si sacara un corcho de su botella. Comió la cabeza y lo demás en menos de un minuto. Tenía la cara salpicada de sangre, y los ojos negros. Emitió otro gruño y dejó el cadáver del conejo y se fue a por la comida de la cierva.
Después de media hora volvió a la cueva y casi tiró el zurrón—lleno de frutas del bosque—a la cierva.
“Toma. Y cómetelas.”
“¿Estás bien?” Le preguntó ella con esas palabras ajenas a las suyas.
“Sí, sí estoy bien. Come.”

*

La cierva se quedó en la cueva hasta que la pierna se curó. Después de bastante tiempo viviendo juntos llegó la hora de despedirse de uno a otro. Fue un momento muy incómodo.
“Pues…aquí estamos,” dijo la cierva (había aprendido mucho más osaco).
“Sí, aquí estamos.”
“Te quiero agradecer por todo lo que has hecho por mí.”
“No hay de qué.”
“De verdad, has sido un cielo. Muchísimas gracias,” le dio un beso.
“Fue un placer. Pasa por la cueva cuando quieras.”
“Vale. Pero no vamos a volver a ver, ¿sabes?” Le dijo mientras anduvo hacia el bosque. “Soy cierva y eres oso. Es imposible.” Ella echó un último vistazo al oso hermoso y se fue. El oso se sentó en la boca de su cueva. Se puso a llorar. No estaba enojado, no temblaban las manos, no tenía los ojos negros, y no tenía ganas de matar siquiera: sólo lloraba.

El té...2ª parte

“La cultura del café aquí en España es igual la cultura del té en Inglaterra.” Escribe tu opinión sobre este tema. ¿Estás de acuerdo con lo que dice la cita? ¿Cómo son distintas culturas? ¿Cuál prefieres?

El café aquí en España es para beber rápido. Viene en tazas pequeñitas, te sientas en el bar en un taburete, y lo bebes para animarte y charlar un poquito. Café así es fuerte, es un estimulante, y es lo que llamamos el espresso (y el café con leche se llama café latte o simplemente latte). La cultura (la que yo he conocido durante mi tiempo aquí en España) consiste en nada más que tres tipos de café: café solo, café con leche (sea leche calientita o al tiempo), y el mejor invento español, el café bombón.

Pero va a cualquier café bueno en Inglaterra y échate un vistazo a lo que hay de café: americano, espresso, iced latte, caffe latte, capuccino, un cafetière entero para compartir, iced coffee, latte macchiato, caffe macchiato, frappe, frapuccino, Indian coffee, chinese coffee, mocha, white mocha, iced mocha, mochaccino, flat white, filter, long black, red-eye, café au lait, o lungo. Además se puede elegir entre leche entera, semidesnatada, desnatada, leche de soja, nata, un toque de caramel, avellana, almendra, frambuesa, vainilla, otro chupito de café, café de comercio justo, café descafeinada, café arabica, colombiano, de java, o robusta. Y todo esto no incluye los tés, infusiones, y chocolates calientes que hay.

Las culturas del café como lugar también son distintas. Como dicho, aquí te sientas en un taburete o estás de pie, tomando el café y hablando. Muchos bares tienen la televisión puesta y sirven cervezas y pinchitos. La gente limpia su boca y tira el pañuelo al suelo. El suelo también es donde la gente tira las colillas, y no en un cenicero como gente bien educada. Así que el bar español no es un lugar para relajarse en tranquilidad, sino un lugar para tomarse un chupito de cafeína antes de volver a trabajar.

En Inglaterra hay cafés en librerías. ¡Sí, librerías! Es lo que son los cafés. Mi café favorito cuando estaba estudiante se llamaba Coffee Revolution. Había sofás marrones de piel tan cómodos que cada vez que me sentara allí, casi dormía. Había los sofás, y había cuadros en la pared que cambiaba cada mes, y había música buena y relajada, y había un montón de elecciones en el menú. Iba allí con cualquier libro, o con mi ordenador, o con el periódico (y crucigrama incluido), o con una amiga, o con unos amigos; pedía una mocha blanca (mezcla perfecta de chocolate y café) y un muffin; me sentía (a veces tumbaba) en el sofá y pasaba un buen rato allí. Se puede pedir cafés más grandes que tu cabeza, y por eso no son tan puros como el café con leche (sería peligroso para el corazón beber tanto café puro, entonces se mezcla con más agua), pero son para beber lentamente, y pasar una buena hora charlando con quien sea, y recargando y calentando el alma.

Entonces, al fin y al cabo, diré que la cultura del café en Inglaterra es más parecida a la cultura del té en Inglaterra que la del café en España, en cuanto a que escribiré en la tercera parte.

Iba al cine

Se sentó en la mitad de la fila, en la mitad del cine: el lugar perfecto. Estaba solo, pero a él no le importaba estar solo. Tenía su MP3 puesto y estaba escuchando su tipo de música. Mientras escuchar música estaba comiendo golosinas a una velocidad prodigiosa. Las luces se atenuaron; los tráiler empezaron; y sus ojos se abrieron mucho. Después de un par de minutos se levantó—a la sorpresa de los otros clientes—y empezó a andar por los sillones. Estaba sentado en la mitad de la mitad, y la sala era bastante grande, por eso tenía tiempo para acelerarse. Cuando llegó a las últimas filas estaba casi corriendo. Y con el pie izquierdo puesto en la última silla antes de la pantalla, saltó dentro de la pantalla misma. Las luces se rompieron, lloviendo chispas al suelo. La pantalla se quedó en negro. Y los clientes se quedaron en silencio.

El té...1ª parte

“El té es nada más que una bebida.” ¿Estás de acuerdo con esta declaración? Escribe una redacción sobre la cultura de té en tu país.

El té sí es una bebida. Es decir que es líquido y pasa por la boca, la garganta, hacia el estómago. Pero más que una bebida es una cultura. El té es la bebida segunda más bebida del mundo tras el agua. Además el té no es solo una bebida sino una palabra que rodea una infinitud de bebidas distintas que provienen de la planta Camellia sinensis.

El té que más bebemos en Inglaterra es el té negro. Puede ser fuerte, y amargo, pero cuando hecho bien tiene un sabor asombroso. El ritual va así: metes la bolsa en la taza, hiervas agua, echas el agua sobre la bolsa, esperas un par de minutos para que el té se infunda; sacas la bolsa y echas leche al gusto. Esto es como yo bebo el té. Pero como dicho anteriormente, hay un millón de métodos de preparar el té.

La cosa más curiosa del té es que cada taza es distinta. No es como la Coca-Cola que tiene su formula y está hecho por robots. Cada uno de nosotros sabe hacer su té que más le gusta. Yo no soy melindroso, bebería cualquier té que me pusieron, pero tu propio té puede ser una experiencia casi religiosa. Cada veinte tazas se encuentra un té verdaderamente perfecto: el agua, la hierba, y la leche confluyen para crear algo mejor que toda la ambrosía del cielo.

El semáforo

Ella estaba allí, en su coche, parada en el semáforo, como si estuviera congelada. Pero para estar congelado hace falta que haga frío, y hacía treinta y cinco grados. Ella paró cuando vio la luz roja, pero cuando los peatones terminaron de cruzar, y el hombre verde paró de correr, y la luz se puso verde, se quedó allí. No oía a los conductores atrás pitando, tampoco veía al vagabundo que vendía pañuelos.

Sin apagar el motor o poner el freno de mano, se bajó del coche y empezó a andar hacia la playa. Podía ver la playa entre dos rascacielos. El espacio tenía nada más que cinco metros de ancho, pero veía el azul del cielo despejado y la arena dorada. Después de diez metros se quitó sus botas, para sentir la hierba debajo de los pies. Anduvo quince metros más y se quitó la chaqueta para sentir el sol en los antebrazos. Se estaba acercando a la playa. Cuando vio el mar por primera vez se aceleró. Veinte metros después se quitó la camiseta y los pantalones: ya estaba casi desnuda, y casi corriendo hacia la playa. Pasó por el espacio entre los rascacielos y se quitó el sujetador para sentir el viento contra sus pechos. Ahora estaba corriendo. Tiró el sujetador al suelo y trató de bajar los calzoncillos, pero no podía y casi se cayó. Al final había podido bajarlos y volvió a correr. Llegó a la playa y se hundió en la arena, pero aún corrió. Con dificultad corría en dirección al mar. Sentía el sol calentar su piel, oía las gaviotas gritar, veía el reflejo del sol en el mar, y corría lo más rápido que podía.

De repente gritó. Emitió un grito que perteneció de toda la presión del mundo de trabajo, y toda la frustración de la vida de una ciudadana, y de una mujer, y de una madre, y de una esposa, y de un ser humano perdido en nuestro mundo lejano del estado natural.

Si hubieras estado en esta playa en este día, habrías visto a una mujer desnuda corriendo y gritando con todas sus fuerzas. Y para ti habría sido extraño, y a lo mejor no lo entenderías. Pero cuando la sociedad te reprime tanto, a veces hace falta liberarte.

La bahía

Estaba de pie en la cima de la colina. Vio la bahía abajo, con su tienda, su propio camping, y su cayac. Se sentó y tomó un poco de agua. Miró al océano, y vio las gaviotas trabajando sobre las olas. Miró hacia delante, y vio la ladera de la colina hacia la bahía. Metió el agua en su mochila; puso la mochila en sus hombros; y empezó a correr por la ladera. Corría más y más rápido cada segundo. Sentía que la mochila rebotaba contra su espalda, y notaba la arena entre los dedos de sus pies, y el sol en el cuello, y el viento en la cara mientras estaba corriendo.

Al pie de la colina desaceleró, y empezó a sudar profusamente. El sudor goteó por su espalda, por su piel dorada, hacia abajo. Llegó a su camping y se alebró encima de su roca favorita. Pasó la mano por el vientre y sentía la masa allí. Sentía la vida dentro de su cuerpo. Miró a las nubes fijamente, y poco a poco se adormeció.

Se despertó de repente. Se levantó, extendió el brazo, cogió su pistola del suelo, y giró hacia el bosque: fue todo un movimiento.

“¿Qué coño es eso?,” se preguntó. El ruido que la despertó seguía entre los árboles oscuros alrededor de la bahía.

“¿Qué animal podría estar aquí?,” dijo en voz alta. Levantó el arma y disparó una vez hacia el cielo. El sonido duró unos minutos, rebotando de una colina a otra. El ruido en el bosque terminó de pronto.

Esa noche estaba sentado frente al fuego con la pistola en la mano izquierda y su tercera taza de té en la derecha. Con cada sonido que oía el dedo se crispaba contra el gatillo. Cuando las estrellas y la luna brillaban tanto, en medio de la noche, oía pisadas pasando por delante de ella. Estaba preparada para hacer cualquier cosa: preparada para luchar, para correr, para esconderse. Morir no era una opción. El animal se acercó al fuego. Ella sólo vio pelo negro y sucio; luego piel marrón y sudorosa; y al final unos ojos azules: ojos que conocía.

“Hola,” le dijo la forma en la oscuridad.

“¿De dónde has venido?,” le preguntó ella.

“Del bosque.”

“¿Por qué has venido?,” le preguntó.

“Para ayudarte, si me dejas,” contestó él.

Ella se sentó en silencio durante unos minutos. Pensaba en el mundo fuera de su isla, fuera del bosque, y fuera de su bahía. Pensaba y miraba sus ojos, su nariz, sus labios, sus dientes tan blancos en la noche, sus manos tan sucias, su cuerpo casi desnudo y arañado por el viaje a través del bosque:

“Vale, dejaré que me ayudes. Pero no te quejes, y córtate el pelo, y límpiate la cara y las manos: no me toques con las manos así.”

“De acuerdo,” dijo. Fue a limpiarse las manos en el océano, y cuando volvió ella estaba de pie:

“Gracias por venir. Me lo debías,” le dijo. Y ella le cogió la mano con la suya.

“Ya lo sé. Lo sé,” dijo él, y le cogió la otra mano con la suya y entrelazó los dedos con los de ella.

A la fuente

Había estado allí durante veinticinco minutos en el banco enfrente la fuente. Llegó a las 12:30 para quedar con la chica, pero después de casi media hora no había aparecido. Cuando esperas a alguien que te gusta mucho el tiempo va lentísimo. Miras alrededor; miras el reloj; miras los pájaros bañándose en la fuente; miras el reloj; miras la madre, con un niño en su cochecito y otro cogido con la mano; miras el reloj: aún no está. Le parecía que había esperado allí durante una eternidad.
“Ven,” oyó en la oreja derecha. Giró su cabeza a ver quién era, pero no había nadie. Ni había nadie a la izquierda. Ni delante ni detrás. Ni arriba ni abajo.
Acabó de girar su cabeza como un búho cuando oyó:
“Ven,” otra vez en la oreja derecha.
“¿Dónde?”, dijo.
“Ven conmigo al cielo,” oyó un susurro como el viento en la oreja izquierda.
Sintió una mano coger a su mano izquierda, y tras cuatro segundos se encontró en el cielo entre las nubes. También se encontró entre los fuertes brazos de una angelita con pelo blanco, ojos azules y profundos, y alas de dos metros de ancho.

Sofía llegó a la fuente a las 13:00 para quedar con el chico. A ella le encantaba, y quería estar perfecta para el. Por eso llegó un poco tarde. Pero pensó que si a el le gustaba, no le importaba esperar media hora. Pero cuando llegó a la fuente no estaba. Miró alrededor; miró el reloj; miró los pájaros en la fuente; miró el padre con su niña dormida entre sus brazos. Se sentó en el banco enfrente la fuente. Y vio en el suelo una sola blanca pluma de treinta centímetros.